Análisis «No fue solo un trapo»

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«Mientras vemos las nuevas olas, yo ya soy parte del mar», cantaba Serú Girán.

Quizás esa sea una de las mejores definiciones de lo que significa llegar a cierta edad. Haber visto pasar tantos gobiernos, tantas promesas, tantas traiciones y tantos relatos, que ya casi nada puede sorprendernos. Aprendemos que las olas cambian, pero el mar permanece. Hay quienes creen que somos todos lo mismo. Que es indistinto este o aquel. Que da igual acá o allá. Que si nos comportamos como otros, terminaremos siendo los otros. Porque, en el fondo, eso es lo que pretenden.

Creen que nuestro lugar en el mundo no es más que un corral prolijamente ordenado. Que basta con abandonar la carga que recibimos de quienes nos precedieron para ajustarnos dócilmente al brete que otros prepararon. Que hay que obedecer al acomodador, entrar en fila y aceptar el destino que nos diseñaron.

Pero existen los tozudos. Los retobados. Los que todavía sienten que está mal dejar tirado a un camarada y que hay causas que no se negocian.

Y fue entonces cuando un partido de fútbol terminó mostrando mucho más que un resultado deportivo.

Mientras los argentinos esperan que un Ministerio de Seguridad concentre sus esfuerzos en combatir el narcotráfico, la trata de personas, el crimen organizado y la violencia que se adueña de las calles, la principal advertencia de la Ministra Monteoliva, fue otra.

Nada de consignas políticas. Nada de cánticos provocadores. Nada de banderas.  Nada de Malvinas.

Pero el mundo real nunca fue tan prolijo como los reglamentos.

El fútbol, como tantas otras cosas en la Argentina, se juega a la criolla. Con toda la carne en el asador. Donde se mezclan las historias personales, los afectos, los símbolos y la memoria. Porque en el mundo real no somos todos iguales. Allí se expresa, sin pedir permiso, aquello que un pueblo lleva guardado desde hace generaciones.

Hubo una disputa entre lo que somos y lo que quieren que seamos.

Y hay imágenes que dicen mucho más que los discursos.

La cámara recorriendo a los jugadores durante el Himno Nacional alcanzó para entender que aquella noche había algo más en juego. Se jugó con el cuchillo entre los dientes. A lo gaucho.

Después ocurrió lo que ya conocemos.

Un par de muchachos decidió que aquella orden de desmalvinizar no merecía ser obedecida. Consiguieron una sábana y pintura negra en aerosol. Improvisaron una bandera. «Las Malvinas son Argentinas.»

Entró clandestinamente. Esperó su momento. Y cuando apareció, dejó de ser una simple tela.

Lo que era una sábana pintada con aerosol dejó de ser un trapo. Se convirtió en bandera.

Cuando la Seguridad del estadio, intentó alcanzarla, terminó sobre las manos de los jugadores. Y entonces la imagen recorrió el mundo.

Muchos, orgullosos vimos un gesto de dignidad. Los obsecuentes y cipayos vieron un problema.

Pero aquella discusión dejó al descubierto algo mucho más profundo que una diferencia sobre un partido de fútbol. Expuso dos maneras completamente distintas de entender la Argentina.

Para algunos, era apenas una “bandera con Las Malvinas. Un objeto incómodo que convenía esconder para evitar susceptibilidades.

Para Victoria Villarruel, en cambio, esa bandera representa a los héroes de Malvinas, la sangre derramada, el territorio usurpado y una Causa Nacional que no admite eufemismos. La diferencia no es menor.

Porque cuando no hay convicciones, hacen falta explicaciones interminables para justificar cada paso. Cuando las convicciones existen, alcanza un gesto.

Mientras unos intentaban explicar por qué había que esconder una bandera, Victoria eligió reivindicar aquello que esa bandera representa.

Y allí volvió a quedar expuesta la verdadera discusión. No era un pedazo de tela. No era un partido de fútbol. Era, una vez más, la disputa entre lo que somos y lo que quieren que seamos.

Pero la historia suele tener un fino sentido del humor. Porque aquello que quisieron impedir terminó multiplicándose. La bandera comenzó a aparecer en redes sociales, cuadros, remeras, perfiles y conversaciones familiares. Ya no se discutía una tela. Se discutía el derecho de un pueblo a emocionarse con sus propios símbolos.

Los gobiernos suelen creer que los símbolos son apenas parte de la escenografía.

La historia demuestra exactamente lo contrario.

Las revoluciones nunca comenzaron por un expediente. Los grandes cambios jamás nacieron de una planilla de cálculo. Los pueblos se ponen de pie cuando algo consigue tocarles el alma. Una bandera. Una escarapela. Un himno. Una causa.

Borges escribió que «en la grieta está Dios que acecha». Alejandro Dolina agregó que en las grietas aparece la voluntad del hombre para torcer su destino.

Y, casi sin advertirlo, aquella grieta comenzó a abrirse.

Mientras toda la atención se concentraba en aquella bandera, empezó a dejar de pasar inadvertido otro asunto que parecía destinado a transitar el Congreso en silencio.

El proyecto denominado «Ley de Inviolabilidad de la Propiedad Privada». Un nombre atractivo para un proyecto que, entre otras modificaciones, habilita una profunda discusión sobre la disponibilidad de tierras argentinas para intereses extranjeros, elimina restricciones sobre territorios de frontera y modifica protecciones vinculadas a áreas naturales. Hasta ese momento todo parecía resuelto. Los acuerdos estaban hechos. Los números cerraban. El tratamiento prometía ser un trámite, como lo fue con los irresponsables  diputados nacionales.

Pero el clima cambió. No porque una bandera vote una ley. No porque un aerosol modifique un reglamento parlamentario.

Cambió porque los símbolos despiertan algo que la política suele subestimar: la conciencia nacional. Y cuando esa conciencia despierta, empiezan las preguntas.

Las entrevistas que nadie hacía comenzaron a aparecer. Hablaron constitucionalistas, investigadores, veteranos de guerra y especialistas.

Muchos legisladores entendieron que aquello que parecía un trámite ya no transcurriría bajo la indiferencia de los Ciudadanos.

La sesión terminó postergándose. El tiempo sigue corriendo. Pero el escenario ya no es el mismo.

Porque la verdadera disputa nunca fue una bandera. La verdadera disputa es entre lo que somos y lo que quieren que seamos.

Para algunos, Malvinas es apenas un inconveniente diplomático. Para otros, es parte inseparable de la identidad nacional. Para algunos, el territorio puede convertirse en una mercancía más. Para otros, es la herencia recibida y la obligación de entregarla intacta a quienes vendrán después.

Quizás aquellos muchachos que entraron una sábana pintada a una cancha todavía no alcancen a comprender la dimensión de lo que hicieron. Creyeron que estaban desafiando una prohibición y  terminaron despertando algo mucho más grande.

Porque las Patrias no mueren cuando un gobierno se equivoca. Empiezan a morir cuando sus hijos dejan de emocionarse con sus símbolos.

Y ese día ocurrió exactamente lo contrario. No nació una bandera.

Despertó la Patria.

Por Luis Giachino

La Juan Bautista