Mendoza, dinamita y desobediencia: la ciudadanía mendocina se planta frente al saqueo

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El 26 de octubre amenaza con convertirse en una fecha oscura para Mendoza: la primera dinamita de San Jorge podría estallar en Uspallata. La política avanza sobre el agua y sobre la democracia, mientras la dispersión de la oposición legitima al fascismo. Ante ese panorama, la desobediencia ciudadana es la única respuesta.

Por Andrea Blandini

El próximo 26 de octubre no es un día cualquiera: amenaza con ser recordado como el inicio de la megaminería en Mendoza, con la primera dinamita del proyecto San Jorge en Uspallata. No es exageración: es la consecuencia de un poder político que decidió dinamitar la montaña y el futuro, vaciando de sentido la ley que defendió nuestra agua por casi dos décadas, la Ley 7722. Durante meses hemos visto cómo el oficialismo y sus aliados trabajaron para desmantelar las garantías que daban legitimidad a esa norma:

– Se vació el espíritu participativo al excluir municipios afectados de las audiencias públicas.

– Se presentaron estudios hídricos parciales e insuficientes, ignorando la complejidad de nuestras cuencas.

– Se redujo el debate al “no uso de cianuro”, cuando la ley exige mucho más: transparencia, participación ciudadana y controles técnicos reales. La trampa es clara: convertir la 7722 en un cascarón vacío, en un simple decorado, para habilitar un saqueo disfrazado de legalidad.

El eco global de la crisis

Lo que sucede en Mendoza no puede leerse aislado. El calor extremo en España, que implosiona ciudades; las tormentas cada vez más violentas en Europa; y la ausencia de nieve en la cordillera andina que anticipa sequías feroces en nuestra provincia, forman parte de una misma crisis climática. El papa Francisco, en la Laudato Si’, advirtió: “el clamor de la tierra es el mismo clamor de los pobres”. Ese clamor hoy se escucha en cada rincón de Mendoza: porque sin agua no hay agricultura, no hay trabajo, no hay vida.

El pensamiento Huarpe: cursar con la Madre Tierra

Los pueblos Huarpe, habitantes originarios de estas tierras, nos enseñaron que la vida se sostiene en un cursado con la Madre Tierra, un camino compartido y recíproco. El agua, las montañas y los valles no son recursos a explotar, sino seres con los que convivimos en equilibrio. Dinamitar

una montaña no es solo un daño ambiental: es romper el vínculo con nuestra propia historia y con la raíz de la vida. Es abandonar el camino compartido para iniciar un curso hacia la desaparición.

Fascismo, dispersión y desobediencia

La dispersión de la oposición, en todas sus versiones, lejos de frenar este avance, contribuye a legitimar el fascismo que crece en Mendoza y en la Argentina. Un fascismo que concentra poder, debilita instituciones, elimina la participación ciudadana y entrega los bienes comunes al saqueo extractivista. Ante este panorama, la historia es clara: cuando los gobiernos no escuchan, la ciudadanía desobedece. La desobediencia se convierte en la única herramienta capaz de interpelar a políticos que han decidido ignorar el mandato social de defender el agua y la vida.

Conclusión

El 26 de octubre no puede ser recordado como el día en que Mendoza empezó a dinamitar su propia montaña y su propio futuro. Debe ser el inicio de una nueva etapa de resistencia ciudadana, donde no aceptamos ser muchedumbre sometida ni espectadores, sino protagonistas de una lucha que trasciende lo ambiental y se inscribe en la defensa de la democracia misma.

El 26 octubre no puede ser el día en que, con un voto inconsciente, apretemos el detonador: un voto así nos convierte en muchedumbre sometida. La única salida es DESOBEDECER CONCIENTEMENTE.

El agua de Mendoza no se negocia, la vida no se dinamita. Como nos enseñan los Huarpe, cursamos junto a la Madre Tierra, no contra ella. Convocamos a parlamentar en espacios públicos para buscar dirigencias que construyan un futuro colectivo. La ciudadanía desobedece porque ama y defiende su tierra.