Mientras la Casa Rosada y los principales centros financieros celebran la aparente estabilización del rumbo macroeconómico del país, la provincia de Mendoza expone una de las fracturas más preocupantes del modelo actual: la total desconexión entre los números de la macroeconomía y la realidad diaria del bolsillo de los ciudadanos.
Bajo la actual gestión del gobernador Alfredo Cornejo, el mentado «éxito» fiscal nacional se diluye al cruzar el Arco Desaguadero, dejando en evidencia que el orden de las planillas de Excel gubernamentales se sostiene a costa del empobrecimiento y el estancamiento de los mendocinos.
La ilusión del orden y la realidad de los ingresos

El relato oficial de la gobernación de Mendoza insiste en presentarse como el alumno ejemplar del equilibrio fiscal y el «orden público». Sin embargo, una mirada crítica a las calles de la provincia revela que el orden de Cornejo es sinónimo de asfixia salarial.
Mendoza sufre una persistente pérdida de poder adquisitivo, con salarios promedio que se encuentran entre los más bajos de la región de Cuyo y del país. Los sectores pilares de la provincia, como la educación, la salud y la administración pública, han sido sometidos a paritarias a la baja, convirtiendo a los empleados estatales en los principales aportantes involuntarios de la «eficiencia» fiscal que el gobernador tanto promociona.
Un aparato productivo que no arranca

Mientras la macroeconomía nacional promete una reactivación basada en grandes inversiones energéticas o financieras, la economía real de Mendoza —fuertemente ligada al consumo interno, el comercio, la vitivinicultura y las pymes— sigue sumergida en una profunda parálisis.
- Comercio ahogado: La caída del consumo minorista en el Gran Mendoza no da tregua, asfixiada por tarifas de servicios públicos locales impagables y una altísima carga impositiva provincial.
- Pymes sin rumbo: Sin líneas de financiamiento productivo real por parte de un Banco Nación o de herramientas provinciales efectivas, las pequeñas empresas mendocinas apenas sobreviven, destruyendo empleo formal mes a mes.
- La falacia del derrame: La gestión de Cornejo se alinea con el discurso del superávit, pero carece de un plan de desarrollo local. El éxito macroeconómico nacional no derrama automáticamente; en Mendoza, se estanca en los sectores concentrados mientras las barriadas populares y la clase media ven deteriorarse su calidad de vida.
Un informe de la consultora Politikón, basado en datos oficiales de la Secretaría de Trabajo de la Nación, reveló que en julio -último mes relevado- se destruyeron 12.716 empleos privados registrados. Construcción e industria siguen entre los sectores más golpeados y sólo dos provincias superan los niveles de empleo previos a noviembre de 2023. Por el contrario, Mendoza aparece como la provincia más perjudicada por este modelo. La provincia de Cornejo registró una caída del 0,7%, siendo superada solo por Santa Cruz (-0,9%) e igualada por Corrientes (-0,7%).
Al pasar al análisis interanual, la caída a nivel nacional fue del 2,2%, mientras que Mendoza registró una baja de más del doble del promedio país, con un -4,9%, con una caída de 1.648 trabajadores registrados durante el mes de julio. Es decir, tanto en términos porcentuales como absolutos, Mendoza es una de las provincias donde más impactó la caída del empleo registrado.

El costo social del equilibrio fiscal
El éxito de una gestión macroeconómica debería medirse en la calidad de vida de su población, no en el superávit de una cuenta bancaria oficial. En Mendoza, los índices de pobreza e indigencia continúan mostrando cifras alarmantes que exponen el fracaso de la política social y económica de la provincia.
La precarización laboral crece y los servicios esenciales, como la salud pública y la seguridad, muestran claros signos de deterioro por falta de inversión real y descontento del personal.
El ahogo financiero: la caída de la coparticipación y el colapso municipal

A la parálisis de la economía de calle se le suma un frente institucional asfixiante: la drástica caída de los recursos de la coparticipación, tanto nacional como provincial, que ha trasladado la crisis directamente al eslabón más débil de la cadena, los municipios.
La recaudación impositiva provincial se encuentra en mínimos históricos por el desplome del consumo local, reduciendo al extremo los fondos que Cornejo distribuye a las comunas. Esta sequía financiera mantiene en alerta roja a los intendentes mendocinos, quienes se ven obligados a recortar obras públicas vecinales, congelar los ingresos de las plantas comunales y precarizar servicios esenciales como la recolección de residuos o la asistencia social básica.
Mientras el gobierno provincial se desentiende de la gestión comunal bajo la bandera de la «austeridad», son las ventanillas de las intendencias las que reciben la primera y más violenta ola de reclamos de un pueblo mendocino que ya no encuentra respuestas en el estado local. Un claro ejemplo es lo que está sucediendo en Guaymallén, donde los fuertes ajustes van directamente al bolsillo de los trabajadores municipales… sin embargo, no es el único Municipio que está sufriendo este ahogamiento financiero, lo cual nadie garantiza que la situación se recrudezca en otras administraciones.
Entre la resignación del ajuste y el «crujido» social

El propio Alfredo Cornejo ha dejado en claro que su alineamiento con el rumbo nacional no ignora el impacto del modelo, aunque lo acepta como un costo inevitable. Durante sus exposiciones ante círculos empresariales, el mandatario reconoció explícitamente la dualidad del proceso al afirmar que “el balance es positivo: se ha logrado una estabilidad macro que es un valor en sí mismo», para luego admitir que «la situación económica no es buena» y que “hay gente que la está pasando mal”.
En foros internacionales, el gobernador incluso advirtió con crudeza que “la economía y el humor popular van a crujir este año”, anticipando un escenario de recuperación «asimétrica». Estas declaraciones no hacen más que confirmar el diagnóstico de la oposición y de los sectores productivos locales: el Ejecutivo provincial ha decidido abrazar una expectativa de estabilización teórica en el largo plazo, asumiendo con total pasividad que, en el corto plazo, el tejido social de los mendocinos sea el que deba «crujir» bajo el peso del ajuste.
No obstante, la gestión de Alfredo Cornejo parece cómoda actuando como un mero administrador de la escasez, aplaudiendo los logros macroeconómicos de la Nación mientras desatiende las herramientas provinciales para amortiguar el impacto de la crisis en los sectores más vulnerables. El superávit fiscal y la inflación en descenso son metas deseables, pero si el costo para lograrlas es una Mendoza con salarios de miseria y un tejido productivo destruido, entonces el «éxito» no es más que una dolorosa ilusión estadística para el pueblo mendocino.
