Dice el viejo refrán que para esconder un elefante, no hay mejor manera que ocultarlo dentro de una manada de elefantes. Sin embargo, cuando se mira el mundo con los lentes de la soberbia, no falta quien cree que las distorsiones son parte de la normalidad. Le da lo mismo un elefante que una oveja, lo mete en el rebaño y se sienta tranquilo mientras pastan en la pradera. Piensa que si él no los puede diferenciar, nadie podrá hacerlo. Pero siempre aparece el que nunca falta, vislumbra los detalles y no le parece muy normal una oveja de cuatro toneladas, tres metros de altura, sin lana y con trompa.
Es ahí cuando el intento de disimular lo evidente entra en la pendiente de los fracasos. Un día, el rebaño empieza a notar que la oveja de cuatro toneladas ocupa demasiado espacio. Otro, que consume demasiado pasto, bebe demasiada agua. Y pueden ocurrir dos cosas. Se dan cuenta que la anomalía va a terminar condicionando la vida de todos los demás y piden que se corrija el error. O, en lugar de avisar que ese bicho no es una oveja, el rebaño se autoperciba elefante y reclame cantidades iguales de pasto, agua y cascadas.
Algo así es lo que parece haber ocurrido con el exministro y hoy posible imputado Manuel Adorni.

Como ocurre con todo, hubo un momento que dió origen a lo que vino después. Quienes llegaron al poder anunciando que conducirían leones, terminaron arreando un rebaño que se desplaza sumiso y obediente. Si alguna vez hubo juicio crítico en los miembros de esa majada, hace rato dejaron de hacerse preguntas, aceptaron que no se cuestionan las conductas del grupo, y ven normal y razonable que una oveja apantalle al resto con el movimiento de las orejas. Así son las cosas cuando se decide ser parte de una secta y se acepta vivir bajo sus reglas.
Y así también fue como comenzó la historia de “Manuel en el País de las Maravillas”. Se hizo inseparable del presidente y su hermana, fue el eslabón imprescindible entre la naturalización de lo que siempre se supo que estaba mal y la justificación pública de lo inaceptable. Compartió decisiones. Participó en cada movimiento del poder. Denostó a quien fuera necesario en sus shows sobreactuados de stand up mediáticos. Fue el bufón que explicaba con sorna canchera la naturalización del nepotismo y la utilización del estado para generar negocios particulares. En definitiva, fue el encargado de arrojar los dardos envenenados con descalificaciones, hacia quienes se han atrevido a criticar a los funcionarios, las políticas y los métodos.

Este episodio no ha sido otra cosa que un sainete cargado de torpezas, decisiones incomprensibles y un profundo desprestigio. No para Manuel Adorni, el que lloró, pataleó, amenazó con hablar y se acuarteló abrazado a su silla porque no quería volver a la resignación de la alopecia, el patio con paredes sin revocar y el piso de tierra. No fue su prestigio el que abandonó el grupo, porque nadie puede perder aquello que nunca tuvo. Quien ha caído un poco más abajo en el pozo de las valoraciones ha sido la política en su conjunto. Mientras la Argentina enfrenta problemas urgentes, buena parte del debate público quedó atrapado en una discusión menor, alimentada por operaciones y especulaciones.
Hubo funcionarios, legisladores y dirigentes políticos que, a la hora de justificar la salida, antepusieron el dolor moral que en el susodicho habían provocado las agresiones. Nada dijeron sobre un crecimiento económico personal justificado con fábulas increíbles, argumentos inimaginables, seres mágicos y pen drives olvidados.
Tampoco pasó inadvertida la forma en que se administró la noticia: filtraciones, versiones y movimientos cuidadosamente sincronizados para que el impacto coincidiera con un fin de semana, con el mundial de futbol, el día que jugaba la selección Argentina y la atención pública puesta en otro lado. Más que la maniobra en sí, preocupa el desprecio que demuestran hacia los ciudadanos.

Porque mientras seguimos hablando de Adorni y su pileta con cascada, muchos legisladores que hace unos días cantaban en el Congreso de la Nación “Adorni no se va”, se han puesto la careta de la indignación y revolean discursos que no dejan de hablar de ética y moral. Pero, al mismo tiempo, están levantando la mano para facilitar la extranjerización del territorio nacional, el desmantelamiento del sistema energético, la privatización del desarrollo nuclear, de la Hidrovía por dónde sale el 80% de las exportaciones del país. Y han avalado la firma de acuerdos con potencias extranjeras que están haciendo tambalear la soberanía nacional.
La agresión, en realidad, la sentimos millones de argentinos cuando comprobamos una vez más, cómo se intenta manipular la agenda pública y se recurre a todo tipo de artimañas para tratar que la sociedad no advierta lo que ocurre.
La Argentina necesita una política cercana, seria y enfocada en los problemas reales de la gente. Necesita recuperar un rumbo donde las discusiones importantes vuelvan a ocupar el centro de la escena y los cargos públicos no sean parte de los espectáculos obscenos que presenciamos de manera permanente.

Porque, al final, se ha cambiado un ministro salpicado por la corrupción, por otro ministro cuya declaración de bienes tiene huecos del tamaño del Pozo de las Ánimas, pero alcanzó a ponerse un delantal para que las salpicaduras no le manchen el traje. Y volvemos, inevitablemente, a aquella vieja sentencia: “Que cambie todo para que nada cambie”.
Para Adorni, como dijo Joaquín Sabina, llegó lo peor. “Cuando al punto final de los finales, no le siguen dos puntos suspensivos”.
FIN.
Por Luis Giachino
La Juan Bautista
